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La Plata, Buenos Aires

sábado, 26 de febrero de 2011


Linda nota de la revista Veintitrés, que cuenta la historia de la cabaña hecha a mano que se constituyó en el primer sello independiente del país, Del Cielito Records. Muchas leyendas pasaron por el mítico lugar, entre otros: Charly, Spinetta, Los Redondos, Los Piojos, Pappo, Lebón, Calamaro y Los Ratones.

Camino al cielo
Cómo una cabaña hecha a mano se convirtió en el fetiche de Spinetta, Lebón y Pappo, y lanzó a la fama a los Redondos, los Ratones y Los Piojos. El adiós del Indio y Calamaro.
Por Lucas Cremades

Hay una historia que cuenta Del Cielito. Que narra el sueño, la inspiración y la consecuencia de lo que hoy es. Una leyenda mágica del rock. Una obra surgida a raíz de los deseos y necesidades de unos hippies veinteañeros que de manera autodidacta iniciaron la travesía de juntar ladrillo por ladrillo, hasta construir el primer estudio de grabación al servicio de las promesas de la música nacional a fines de los setenta. Hoy, la cabaña, el estudio y los jardines son un mito que atrae a miles de jóvenes que quieren estar donde grabaron músicos como Pappo y Andrés Calamaro.

De aquellos anhelos de Gustavo Gauvry –hacedor de esta morada– han pasado más de veinticinco años, doscientos discos grabados, registros de los shows de Rolling Stones y una autopista que comunica aquel lejano oeste de Parque Leloir con la ciudad de Buenos Aires en sólo veinte minutos.

Pero Del Cielito ya no es lo que era.

Al vender la quinta donde funcionaba el estudio, Gauvry se desprendió de un ícono artístico. Y aunque se resista a aceptarlo, el hecho significa el fin de una era.

“En 2003 vendí el estudio a Bersuit Vergarabat, que armó su estudio ahí. Ahora vendí el otro lote, donde estaba mi casa. Y ellos vendieron su parte a los mismos compradores que yo”, cuenta en su estudio de Barracas.

Los dueños del mítico estudio de Parque Leloir son Manuel Quieto, el cantante de La Mancha de Rolando, y Álvaro Villagra, de Estudios Del Abasto. Una versión también señala a la empresa de espectáculos Pop Art entre los socios. “Todos los días me entero de un comprador nuevo”, se ríe Gauvry.

Pero aunque el mito sostenga nuevas leyendas, para el creador de los Estudios Del Cielito y del primer sello independiente de la Argentina (Del Cielito Records), esta es la historia de una cofradía de músicos en libertad. Que vivió (y decayó) casi en paralelo a las empresas discográficas. “Las grandes compañías centenarias de la música en la Argentina son boliches. EMI ocupaba una manzana entera en la calle Florida en pleno centro y hoy es prácticamente una disquería de Cabildo. La primera gran víctima de Internet fue la industria discográfica, que ya venía golpeada con la aparición del CD. Lo que vendían eran copias de menor calidad de un master que pasaba a ser de ellos. A partir de que la música se digitalizó, ese master dejó de existir y todos empezaron a tener acceso a copias iguales. Antes les alquilaba el estudio a los músicos, que lo necesitaban hasta para grabar un demo. Hoy, muchos graban un disco entero sin pisar un estudio. Tener una gran estructura ya no tiene mucho sentido”, explica como para justificar lo que no es una despedida del mundo artístico. Gauvry sigue y seguirá grabando las bandas que le gustan, como MaviRock, Los Pulgones y Cola de Pato. “Del Cielito hoy es una marca que conservo, y además de usarla para grabar, la utilizo como sello discográfico”, explica antes de remontarse a los orígenes del proyecto.

“Desde muy chico me gustaba la música. Siendo ya un confuso adolescente, no tenía muy claro qué instrumento me gustaba tocar. Dudaba de mi capacidad como músico, aunque después de las cosas que me tocaron grabar, me di cuenta de que había sido demasiado exigente conmigo mismo”, recuerda. “En realidad yo quería hacer lo que hago hoy. Pero en esos momentos no existían estudios de grabación. Yo hacía fotografía y me vinculé con mi amigo Pipo Lernoud que me enganchó para hacer fotos en Expreso Imaginario. Una vez fui a sacar unas fotos a Sui Generis y conocí a Nito Mestre y Charly García. Nos hicimos muy amigos, empecé a sacarles fotos y a estar mucho con ellos. Ahí conocí a David Lebón, que tocaba la guitarra como invitado, y le organicé algunos shows.”

De a poco, el hoy ingeniero de sonido y productor artístico de bandas de rock fue construyendo su oasis: “Yo estaba ahí, conocía de música, como sabía inglés podía leer los manuales, y entendía de tecnología. Charly decía ‘no escucho’ y yo iba y subía una perilla. De a poco fui metiéndome y un día surgió un show de Seru Giran y tuve que ir a hacer los monitores con el pelado Héctor Starc. Fue espectacular, eran multiinstrumentistas. Yo era el pibe nuevo y me exigían un montón”.

Corrían los tristes tiempos de dictadura militar. Para ese entonces, Gauvry buscaba un lugar para vivir con su familia en un espacio con verde. “Quería una vida de barrio suburbana. Conocí Parque Leloir en un momento en el que los terrenos no valían nada. Así que compré dos lotes de un total de 2.800 metros cuadrados. En esa época, era una odisea llegar hasta ahí. No había nada. Pero yo tenia 26 años y todo eso no me importaba.”

La experiencia lo motivó a construir un espacio para grabar. “Ya había ido a otros estudios de grabación como colado y no podía creer que todo fuera cara de culo y horarios restringidos”, rememora. “El rock era el último orejón del tarro y los estudios te daban el último horario. No te daban ni para tomar café. O estabas en el estudio o en un pasillo frío. Un horror. No había ningún espacio para lo creativo y se estaba poniendo de moda eso de tener el propio sello, como los Beatles con Apple, o el propio estudio. Con David soñábamos mucho con tener un estudio propio y junto con Amílcar Gilavert, el sonidista de Seru, y el productor Oscar López, era un tema recurrente.”

Como persiguiendo un sueño, Gauvry decidió comprarse un grabador de 16 canales y pedir consolas prestadas. “Aprendías por ensayo y error. Así empecé con las consolitas de Héctor Starc y de a poco fuimos armando un estudio. Luego hicimos una primera grabación en vivo a Susana Rinaldi. Corría 1981, no había llegado la democracia y lo que era un principio de estudio estaba dentro de mi casa, una cabaña de madera que había construido yo mismo. Sonaba bárbara la casita”, aclara entre risas. Allí grabaría su primer gran éxito de su camarada y socio, David Lebón, El tiempo es veloz. Un disco de oro que ubicó a Lebón primero en el ranking de ventas por única vez en su carrera solista.

Sin un afán de montar un negocio redituable, Gauvry caía de parado como los gatos. “Todo ocurría de casualidad, no había un plan” se jacta. “Un día en el Expreso me lo cruzo a Spinetta y le regalo un cassette que había grabado. A los dos días, uno de los directores del Expreso, Alberto Ohanián, hoy manager del Flaco, me llama para decirme que Luis quería conocer el lugar. Vino y quedó fascinado. Días después grabamos con Jade Los niños que escriben en el cielo. Pero en el ínterin, quiso grabar un disco acústico que tenía pendiente con temas de Almendra que terminó siendo Kamikaze, una gloria nacional. Después grabamos en vivo la vuelta de Mercedes Sosa con 14 teatros Opera. Creo que aún es el disco con más ediciones en distintas partes del mundo en la historia de la música argentina.”

Algo mágico estaba sucediendo. “No lo podía creer. Tenía un culo bárbaro. Grabábamos una cosa y a las dos semanas sonaba en todas las radios. Eso tenía que ver con cómo lo encarábamos. No era un negocio o un trabajo. Éramos amigos: Spinetta se mudó a diez cuadras y venía todo el tiempo. Venían Pomo, Rapaport y grabábamos. Parábamos, hacíamos un asado y seguíamos. Grabar era como un juego. En vez de jugar a la pelota o al truco, nos encerrábamos en el estudio durante horas. Me encontraba entre jóvenes genios de la música que estaban en su mejor momento.”

El libro El cabildo del rock, de Candelaria Kristof, traza un recorrido por la historia del legendario estudio de grabación. “Sobre todo al comienzo –me confiesa Spinetta– éramos muy experimentales. Me acuerdo de estar grabando a las tres de la mañana, en verano, y como hacía mucho calor por ahí abrías la ventana, total había un silencio bárbaro, y se escuchaba... quedaba grabada la noche. Si uno quería, si uno quería abrir, ¿entendés? –se señala la cabeza– entraba eso, era increíble. En los estudios urbanos no lo podés tener.”

De aquel instante donde los árboles, el canto de los grillos, los silencios nocturnos y los constantes desvelos eran la fuente de inspiración para que ese reducto rockero no se detuviera, quedaron discos de bandas que estaban por consagrarse como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota con Bang Bang estás liquidado, -primer trabajo de Gauvry con la banda liderada por Solari- y el padrinazo sobre grupos del under que Gauvry despuntaría hasta llevarlos al éxito como lo hizo con Ratones Paranoicos y Los Piojos.

Pero Gauvry es un vinilo que todavía suena bien. Guarda en su cabeza –y en sus archivos– miles de canciones grabadas como si fueran las llaves para entrar a una máquina del tiempo: “A veces escucho cosas viejas y me parece increíble cómo suenan. Días atrás hablaban en la radio del tema ‘Ella también se cansó de esperar’, de Kamikaze. Llegué a mi casa y lo puse. Lo grabamos con nada. Pero así todo tiene una magia increíble. Una grabación es tiempo y vida atrapados en una base. Lo que el tipo cantó delante del micrófono, su idea musical, su letra quedó ahí y está contenida ahí. Te transporta en el tiempo a ese momento, y eso es fantástico”, dice.

Para 1982, cuando los aviones iban y venían de las Islas Malvinas hacia la base militar de Palomar, pegado a Leloir, Gauvry se daba cuenta de que la casita estudio donde vivía junto a su mujer y su hija de dos años no daba para más. “Pensaba que un estudio tenía que estar en Callao y Santa Fe, pero a la vez todos querían venir a grabar ahí, aunque no hubiera ni donde comprar cigarrillos. Les gustaba el lugar, la pileta, los pajaritos. ¿Y si me construyo un galpón en el fondo?, me preguntaba. Así todo me parecía una locura del hippie que yo era. Hasta que Alberto Ohanián, que era entonces un abogado serio, vino un día y me dijo: ‘Gustavo, ¿por qué no te hacés un galpón y un estudio ahí en el fondo?’. Eso hizo que comprara ladrillos y alfombras hasta formar, con los años, el estudio profesional que es hoy”, explica.

Vertiginosamente, Gauvry sumaba grabaciones en vivo y se subía a uno de los proyectos musicales más ambiciosos de la historia del rock: el tour cultural y musical De Ushuaia a La Quiaca, junto a León Gieco, Gustavo Santaolalla y una veintena de músicos arriba de un ómnibus, viajando por todo el país y grabando en sitios tales como Iruya en Jujuy.

El sello Del Cielito Records marcaría una época de la mano de una banda que, en los noventa, llegaría a telonear a los Rolling Stones en River. “El sello empezó con el disco Ratones Paranoicos. Había visto los grafitis en las calles, pero no lo asociaba con Pablo Memi, el bajista, que es pariente mío. Un día vino al estudio con Juanse, con un demo del tema ‘Descerebrado’, y me encantó. Además de que Juanse en esa época estaba decidido y tenía muy en claro lo que quería hacer.”
Luego llegarían los Redondos. “Ya juntaban a dos mil personas. Un día vinieron al Cielito Indio, Skay y Poli. Les gustó el lugar, arreglamos la guita, nos pusimos de acuerdo. Ya eran muy correctos, responsables... y pagaban con anterioridad.”

Así, en silencio, el estudio alcanzó más notoriedad que su propio dueño. “Creé una marca que me tapó. Nunca busqué la fama porque lo que me interesa es la música. Tampoco me considero famoso: soy conocido, creo ser respetado y querido por muchos músicos. Eso es lo que soy. Ese es mi capital”, sintetiza Gauvry.

El final de Del Cielito no guarda ni atesora despedidas emotivas. Sigue latente en su máquina del tiempo. Vigente en un vinilo o en un cassette de los ochenta. Lo dice Gauvry, porque ya lo dijo Keith Richards: “El rock es una mezcla de aciertos y errores”. Una fórmula perfecta para definir lo indefinible.


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